martes, 27 de diciembre de 2011

UN HECHO REAL DE 1875


Walter Minor
Mail: walterhistorias@gmail.com


Desde muy chico tuve inquietud por desarmar cosas. Aparentemente era para volver a armarlas o usar partes para “otros inventos”, pero al crecer me enteré que era solo por curiosidad, para saber como funcionaba todo lo que iba desmantelando.


Esta locura que me acompaña hasta hoy, hizo que un cierto día viera como “víctima” atractiva a una muy vieja y enorme radio valvular, que pertenecía a mis abuelos, para extraerle un parlante de grandes dimensiones.
Digamos que este elemento de madera con patas trabajadas tenía el tamaño de una cocina, pero con  mayor altura y peso. Un armatoste.

 Quité la tapa cobertora, que no tenía tornillos ni bisagras (suelta) y me encontré que todo el interior estaba repleto de revistas y periódicos de antaño. Separé las de moldes y cocina y me quedé con algunos diarios capitalinos y un gran libro editado en Olavarría en 1947, el cuál en su interior tenía un recorte con una historia real, nuestra, de 1875, que no decía a que periódico o revista pertenecía.

De todo lo que aparté aquella vez, solo me quedó ese libro de los 80 años de Olavarría, que  protegí con tapas de cuerina, pero al que nunca le quité el recorte que acunaba en sus hojas. Hoy, después de guardarlo como un recuerdo que me devuelve a mis abuelos de tanto en tanto, creí que era un lindo momento “para sacarlo a pasear” por el blog para que sea la llave que cierre la última nota del año.


UN MUCHACHO VALIENTE

Sucedió en Olavarría en los últimos días de 1875

Por Amadeo Ronco

El siguiente relato fue hecho por don Félix Caro, hijo de don Pedro Caro - uno de los primeros pobladores de Olavarría y de quien se ha­ce mención en el mismo- al profesor Amadeo Ronco. Este lo escribió con el propósito de que sirviera de lección en las escuelas:

Sucedió en los últimos días del año 1875. En aquella época, el fortín de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, era una de  las avanzadas de la civilización, defendido apenas por una reducida guarnición de veinte milicos mal armados. En los al­rededores, muchos cristianos habían levantado sus casas, de material algunas y de barro y paja las demás.

En días tranquilos, los indios se llegaban hasta la pobla­ción, como una prueba de amistad hacia los blancos, con quie­nes comerciaban y hasta intervenían en sus fiestas, sobre todo cuando abundaba el alcohol.

Un domingo, en una reunión de "cuadreras", un pampa fue engañado por un cristiano. El indio se dio cuenta y, medio bo­rracho como estaba, tras proferir una blasfemia, gritó: "¡Ma­ñana vas comer tierra!'. La expresión alarmó a los circunstan­tes, pues "comer tierra" significaba la llegada de un malón. Y se averiguó que unos mil salvajes, capitaneados por el caci­que Catriel, se disponían al ataque.

Pronto circuló la noticia entre los que vivían alejados y po­co a poco fueron llegando al fortín familias enteras llevando consigo todo lo que podían cargar.
A una legua, más o menos, hacia el sur del arroyo Tapalqué, un tal Pascasio Chaves había levantado su modesto ran­cho, donde vivía con su mujer, dos o tres hijos y Jenaro, mucha­cho de unos trece años que, habiendo quedado huérfano, desde muy chico, fue apadrinado por don Pascasio. Enterado del peli­gro que corría, Chaves recogió lo que pudo y se fue con todos los suyos para el fortín; ya estaban en lugar seguro, cuando se dio un golpe en la frente, diciéndole a su esposa:

- Negra, ¿sabes que me he olvidado la plata en el ran­cho?

- ¿Y dónde la dejaste?

- Donde la ponemos siem­bre, en el alero...

- ¿Qué pensás hacer ahora? ¡   No vas a ir a buscarla.

- No, yo no;  pero voy a mandar a Jenaro.
 
- ¿Y si lo agarran los in­dios ?

- ¿A Jenaro? ¡Ni lo pien­ses! Es muy vivo el mucha­cho, capaz de jugarle una mala pasada al mismo mandinga...

A la mañana siguiente, an­tes de la salida del sol, Jena­ro montaba en pelo el picazo rabicano de su padrino, pare­jero sin rivales en la comar­ca. 

Los pocos que estaban enterados de lo que sucedía des­pidieron al muchacho deseándole buena suerte.

Jenaro llegó sin inconve­nientes al rancho de don Pascasió, recogió el dinero, lo guardó en un pañuelo que ató a la correa con que ceñía sus pantalones e inició el camino de  regreso.
Galopaba tranquilo el pica­zo y el muchacho pensaba en la gran satisfacción que proporcionaría a su padrino, cuan­do a unas diez o doce cuadras vio aparecer un grupo de ji­netes. No pudiendo distinguir si eran blancos o indios, torció el rumbo hacia lo de don Pedro Caro, quien, seguro en su casa de material, no había te­nido necesidad de ampararse en el  fuerte.

- Buenos días, don Pedro dijo el muchacho al lle­gar -; usted, que tiene ante­ojo de larga
Vista,  ¿puede de­cirme si aquellos son cristia­nos o pampas?

Don Pedro entró en la ca­sa y volvió al cabo de un mi­nuto; después de enfocar detenidamente con el anteojo, di­jo a Jenaro:
- ¿Para dónde vas, mucha­cho?

- Para el fuerte – contestó Jenaro; y brevemente relató el motivo  de su presencia allí.

- Mira, es mejor que te que­des ...

- ¿Por qué, don Pedro?

- Son indios y de "plume­ro"; es mejor que no te mue­vas de aquí - insistió don Pe­dro, pues los indios  - enemigos de los blancos llevaban pluma en el extremo de sus lan­zas, para diferenciarse de los amigos, que ostentaban un banderín.

- ¿Conque de "plumero", no?  - dijo Jenaro, como ha­blando consigo mismo.

- Si; no te vayas... Mira que son muchos...

- No importa, tengo buen caballo. Hasta la vista, don Pedro y muchas gracias - gri­tó el muchacho, al mismo tiempo que apretaba los talo­nes contra los ijares del pica­zo y echaba el cuerpo hacia adelante.

El caballo inició una veloz carrera; pero Jenaro había calculado mal las distancias y el pelotón de salvajes le cerra­ba el paso. Advertido a tiem­po de la imposibilidad de lle­gar al fuerte, se detuvo, ob­servó a los enemigos y vol­viendo grupas se alejó de ellos, con lo que también se aleja­ba del  refugio.

El momento era difícil, más el muchacho, tal vez por la inconsciencia de sus  escasos años y no dando a la situa­ción toda la gravedad que tenía, paró en seco, se volvió y golpeándose la boca con la mano, empezó a gritar a la manera de los indios. Cuando estos se acercaban peligrosa­mente, castigaba otra vez a su valiente picazo, alejándose de sus perseguidores. La esce­na se repitió varias veces, exasperando a los impotentes pampas, cuyos caballos eran menos veloces que el de Je­naro.

Cansado  ya  de  divertirse a expensas de  los salvajes, en­filó hacia lo de don Pedro;  poco le faltaba para  llegar a la casa, cuando vio que le cortaba el camino un indio; que montaba un petiso gatea­do,  viejo y  flaco,  llevando  de diestro un bayo, hermoso ejemplar que había robado en una hacienda vecina.

El pampa aprovechó la es­casa distancia que los sepa­raba para bolear el caballo de Jenaro; pero, con todo, el pi­cazo, baqueano para "correr a lo guanaco", se alejaba del pe­tiso. Viendo que el cristiano se le escapaba, el indio se apeó para montar el animal que lle­vaba de tiro. La escena fue rápida; lleva más tiempo relatarlo: Jenaro corría con la ca­beza vuelta hacia su persegui­dor y en cuanto vio que se apeaba, también él bajó de su caballo, sacó un cuchillito del cinto, cortó de un solo tajo el tiento de las boleadoras que maneaban al picazo y de un salto volvió a montar, justo a tiempo para salvarse de una muerte segura, pues el salvaje se acercaba con la lanza para atravesarle el cuerpo.

Después que se hubo alejado bastante, y seguro ya de su triunfo, volvió el busto y empezó a gritar golpeándose la boca, mofándose así de su bur­lado enemigo, que se unió a los demás perseguidores.
No pudiendo refugiarse en lo de Caro, se dirigió a lo de los hermanos Colombo, dos italianos que tenían casa de material, segura contra las primitivas armas de los indígenas.

No obstante la invulnerabilidad de las paredes de ladrillos, los hermanos Colombo y sus peones estaban intranquilos y una gran confusión reinaba en la casa cuando llegó Jenaro; pero luego que les hubo conta­do lo sucedido y animados por el valiente muchacho, todos se aprestaron a la defensa, por si los salvajes intentaban un asal­to.

Los indios - cuarenta o cin­cuenta - no se atrevieron a ponerse a tiro; efectuaron va­rios parlamentos y por fin re­solvieron sitiar la casa, para lo cual formaron una gran rueda alrededor de ella, sin perderla de vista un solo ins­tante.

La salvación de los cristianos dependía de la cantidad de víveres y municiones que tuvieran, pues no podían confiar en que los escasos soldados del fortín acudieran en su ayuda. Cua­tro días, con sus respectivas noches, estuvieron los indios ron­dando la casa. El ánimo de los dueños de la finca y de sus peo­nes se resentía; sólo conservaba su sangre fría aquel mucha­cho valiente, quien a pesar de sus escasos años poseía la se­riedad necesaria para invitarlos a rezar una oración a veces o la agudeza espiritual para hacer una broma cuando lo creía oportuno.


La cuarta noche fue terrible; algunas flechas cayeron so­bre la casa, prueba evidente de que los indios se habían acerca­do aprovechando la oscuridad; el temor de sufrir una muerte cruel anonadaba a los ocupantes; por momentos, hasta el mis­mo Jenaro se sentía deprimido. Hicieron varios disparos con sus precarias armas de fuego de corto alcance, sin saber si habían dado en el blanco; pero debían economizar las municiones. Las horas parecían interminables; todos ansiaban ardientemente la llegada del nuevo día, pues a la luz del sol los pampas no se atrevían a aproximarse. Uno de los peones sufrió un ataque de nervios y hubo que atarlo para evitar que se lastimase.

Así transcurrió aquella noche angustiosa, hasta que la es­casa luz del alba llevó a los sitiados una doble alegría, pues con la aparición del sol oyóse a lo lejos la estridente voz de un clarín que ahuyentó a los indios; era la voz amiga de las fuer­zas nacionales que, al viento la bandera argentina, llegaban des­de Las Flores en auxilio de los habitantes del pago de Olavarría.




A MIS AMIGOS LECTORES

¡GRACIAS POR TODO!!!

Cuando empecé con el blog, allá por marzo de este año, no tenía idea de cómo era un espacio en Facebook, no sabía lo que era Twitter y por lógica no entendía como se armaba un blog. Con todos estos enigmas a cuestas, jamás creí que escribiendo historias iba a tener, en tan poco tiempo, tantos amigos que me acompañaran.

Para dar una referencia, digamos que una página de historia de nivel nacional y con personas conocidas, apenas llega a los mil visitantes mensuales, mientras este, que es un espacio solo local, logró, gracias a ustedes,  alcanzar en el últimos trimestre las casi 2000 visitas por mes, superando esa cifra en octubre, para terminar el año con mas de 12.400 entradas por contador (16.889 según estadísticas de blogger) y 32 seguidores, aunque a pesar de esforzarme por arreglar ese gadget, solo logro que aparezcan 25 y de a ráfagas los 32 completos. Lejos (positivamente) de lo que pude imaginar.

Algunas personas que por cuestiones laborales viven en el exterior, me han escrito diciendo que toman estos relatos como un vehículo que los ayuda a seguir transitando por su ciudad natal aún a la distancia. 
Quienes viven aquí se identificaron con esta forma de  moverse en “Historias de Olavarria” donde cualquier tema es tratado abiertamente, con el  único compromiso de  llegar lo más cerca de la verdad posible. 
Pero lo sorprendente, es que gente que no tiene nada que ver con la ciudad, también se hizo seguidora del blog e incluso algunos han escrito en él.

Además de todo el apoyo afectivo, este año recibí dos estupendas colaboraciones de los olavarrienses Elba Otaviano  y Rolando Hess. Elba con una hermosa historia de vida con su papá en Sierras Bayas y Rolando con tres entregas imperdibles sobre los Alemanes del Volga. Después vino el magistral relato de las cuatro etapas del Gran Premio de TC de 1965 contado como si fuese un cuento por el amigo capitalino Jorge Luis Briozzo y en los últimos meses me sorprendió César Carestía, otro amigo de Tapalqué que lleva en sus venas sangre nativa y narró la dolorosa historia de su abuela Basilia, a quien luego de asesinarle a los padres la destalonaron para evitar que huyera y así usarla de servidumbre. Basilia era nativa y un conocido terrateniente, en base a esa sangre, fundó su estancia en el sitio que ocupaban.

La verdad es que las expectativas que tuve en este sitio fueron superadas largamente. Pero nada se hace solo. Siempre hay amigos que  ponen ese granito de arena tan necesario para empezar  y el paso inicial fue dado en el diario digital INFOEME, porque con ellos empecé a escribir estas historias, desde el día que “Koko” Oliván me pidiera el resumen de un reportaje que había hecho en Bolívar para mi  libro SIN GALERA.  Hoy pasados algunos años, el vínculo sigue intacto y comparto algunas historias de los domingos (no todas), con este mismo medio, que ahora dirigido por Emilio Moriones acompañado por Jorge Scotton, Josefina Bargas y un pequeño grupo de periodistas, continúa siendo, para mí, el diario amigo.

Pero lo más importante para cualquier aprendiz de escriba es  EL LECTOR.
Si nadie se tomara el tiempo para ver lo que publico, el espacio ocupado no tendría sentido. Si nadie me aportara datos de sitios o me llamara para decirme que encontró algo, o que tienen un tío que sabe “un montón” de historias, o que de forma privada me señalen algún error; escribir no me serviría de nada.

Sin querer se logró una agradable forma de comunicación. Sentirme muy acompañado a lo largo de estos nueve meses fue el motivo por el  que no abandoné esta empresa que me consume bastante tiempo y por ahora no tiene ningún rédito económico.

Y por culpa de ustedes, es que al final de este 2011,  me vuelvo vanidoso y me  atribuyo el desmedido mérito de pensar que a través de las cuarenta historias que escribí durante este lapso, les pude dar a todos quienes me acompañaron, una pequeña retribución por los buenos momentos que me ofrecieron.

Que tengan un 2012 lleno de alegrías, con proyectos y sueños consumados.
Espero que podamos seguir charlando, que me relaten sus conocimientos y que sigamos encontrando más  historias para nuestra Olavarría.

Gracias por todo. 

WALTER

miércoles, 21 de diciembre de 2011

HISTORIA DE “LA MÁXIMA” (2)


 Walter Minor
Mail: walterhistorias@gmail.com

1932: Así se podía ver "La Máxima" en esos años
Nos metemos en la segunda parte de la historia del parque zoológico “La Máxima” y de a poco vamos destejiendo una trama que se conoce muy difusamente.

En la primera entrega hablamos del conjunto de tierras que había aquilatado su primer dueño, Agapito Guisasola, durante su  paso por la función pública en apenas ocho años.
En este segmento nos sorprenderemos aún más, enterándonos  de que esa extensión era aún mayor que las atribuidas oficialmente. Todo se develará leyendo el relato del escribano Juan José Brito Sayús , nieto de Alfredo Sayús, el segundo propietario del campo y responsable del mote que aún perdura: “La Máxima”

El documento fue cedido por Sandra Botasi, directora de “La Máxima” y está transcripto textualmente casi en su totalidad, dejando fuera solo algunos comentarios sin demasiado interés para nuestra nota.
.
Al tratarse de un relato “de memoria”, creí conveniente verificar algunos datos que no coinciden y me detendré alguna vez en la transcripción para dejar sentadas esas dudas y los porqué, por si alguien retoma la investigación en el futuro.


LA MÁXIMA EN EL RELATO DE JUAN JOSÉ BRITOS.

Alfredo Sayús: Segundo dueño
“Agapito Guisasola, , fue de los primeros en alambrar campos de la zona, allá por el año 1881.
Guisasola fue miembro de la primera Corporación Municipal, y años después se trasladó a radicarse en Buenos Aires. Antes de eso, vendió un campo suyo, en terrenos que actualmente ocupa el Parque Zoológico "La Máxima".


Quién compró esos campos fue el doctor Alfredo Sayús.
Nacido en Salta, era descendiente de franceses del Bearn. Había obtenido título de abogado y ejercía su profesión en Buenos Aires. En tanto, su esposa María Luisa pertenecía a la familia Otamendi, viejos estancieros de la Provincia de Buenos Aires.


Alrededor de 1877, el doctor Sayús, por indicación de un hermano, resolvió viajar a Olavarría (ex- Tapalqué Nuevo). Como quedó gratamente impresionado con el lugar, decidió comprar unas mil hectáreas al señor Agapito Guisasola. Ese campo estaba cruzado oblicuamente por dos arroyos, de los cuales el más cercano al pueblo se llamaba San Jacinto”.



ALGUNAS DUDAS DEL RELATO

Interrumpo la narración para agregar que si Guisasola vendió un campo de mil hectáreas al doctor Alfredo Sayús, ( armado con la suma de chacras), es evidente que poseía muchas mas propiedades que las que oficialmente se le reconocieron en la primera parte de este trabajo, que eran 23 no consecutivas.

Si la Máxima está asentada en una chacra que posee 47 hectáreas, tenemos que para completar las “cerca de mil” que menciona Juan José Britos Sayús en su relato, debería de haber vendido 22 chacras consecutivas, detalle que no se refleja en los datos oficiales que contiene el libro del Gobernador Gonnet tomados en 1887 (un año antes de la venta).

Por otra parte, Britos dice que el campo estaba cruzado por dos arroyos y que el más cercano era San Jacinto.
Si tomamos a “La Máxima” como referencia y al arroyo San Jacinto como el más cercano al pueblo, esto nos lleva a deducir que el otro que cruzaba era el arroyo Hinojo. Y aquí aparece otro imposible.

Si son mil hectáreas, tenemos que para llegar desde el casco de “la Máxima hasta el arroyo Hinojo esa cifra es muy inferior a la necesaria, máxime que “la lonja” estaba compuesta por dos chacras paralelas. Por lo tanto, lo más factible es que se tratara del Arroyo Tapalqué, porque además de concordar las distancias, sobre ese hilo de agua estaba la chacra 448 reconocida oficialmente por Guisasola, en ubicación casi recta a lo que fue el “Monte Sayús”.

Me inclino por esta última opción, razonando que fue un error de memoria de nuestro relator. Por otra parte, es evidente que Guisasola tenía varias propiedades más registradas a nombre de otros (testaferros), de lo contrario el informe oficial de la provincia sería disparatado.


ORIGEN DEL NOMBRE Y DETALLES DEL CAMPO


Al centro Máxima Otamendi. En honor a ella es "La Máxima"
“La suegra del doctor Sayús se llamaba Máxima Otamendi de Rubio, y en su honor se le puso al campo el nombre de "La Máxima".

El edificio original del campo consistía en un cuarto bajo y otro encima de él, al que se tenía acceso por una escalera exterior de madera que desembocaba en un balcón largo. A continuación del cuarto bajo, hacia el Sud, había otras dos habitaciones contiguas que todavía existen. Muchas veces se ha pensado que el edificio pudo ser un fortín o una posta, pero en realidad es difícil saber el verdadero origen. De todas maneras, se nota la diferencia con las otras habitaciones que hizo construir Sayús, ya que éstas poseen paredes más angostas.”


“Su espíritu fino y amante de los árboles llevó al doctor Sayús a plantar inmensa variedad de los mismos: eucaliptus, pinos "insignis", cedros, álamos blancos, cipreses, nogales, plátanos,, sauces, castaños, ciruelos, durazneros, perales, damascos y viñedos, que hicieron la delicia de los habitantes de "La Máxima” en el verano. También plantó palmeras, especie poco común en la zona.

Naturalmente, sus descendientes renovaron el monte en distintas oportunidades. Era común que la viuda de don Alfredo, con dos de sus hijas y algunos nietos fueran a un vivero que estaba en las Sierras Bayas, cerca de la Colonia Rusa. Hasta allí llegaban en un tradicional carro "breack".

Quizás por su deseo de mantener cierta privacidad, el casco donde se encontraba el edificio principal de "La Máxima” estaba todo rodeado por cercos de ligustros o setos, que impedían ver el mismo desde la calle. Además, servían para amortiguar el balido de los terneros que a horas de la tarde eran apartados de sus madres y colocados en los cuadros arbolados que dan hoy a la avenida Pellegrini.

MODIFICACIONES EDILICIAS

Tambo ubicado sobre la presente  ruta 226
“El edificio principal sufrió modificaciones y ampliaciones que se hicieron en vida del doctor Alfredo Sayús. Se le agregó un gran comedor, junto a él un escritorio, después un gran baño, luego la cocina, una despensa y otro baño. Luego se fueron agregando otras dependencias. También había galerías a los lados del edificio principal, con fierros y argollas de las que se colgaban cortinas de lona que en los días de viento servían para evitar la entrada de tierra y calor. Frente a una de las galerías, existía un pequeño patio cubierto de lajas de granito, con un cantero en el medio (esas lajas habían sido usadas antes para revestir una especie de piletón hecho en el arroyo San Jacinto, que luego se desmanteló).

Dentro de la casa principal había muebles interesantes, como un sofá proveniente de un barco a vela de un pariente de Sayús. Pero el más curioso de todos era una cama de madera que llamaban la cama de mármol". Esto desconcertaba a los niños, pero después se aclaró la cosa. Resultó que dicha cama había pertenecido al poeta José Mármol (la cama se encuentra actualmente en el museo Saavedra).

En un comienzo hubo en el campo ganado lanar y algunos cuadros sembrados. Luego se  pasó  a la explotación de vacunos para la producción de leche.”


ANÉCDOTAS

María Luisa Rubio. Esposa de Sayús
“Una vez ocurrió un hecho muy curioso, allá por el año 1892. Una cuadrilla de indios pampas esquilaban las ovejas de don Sayús. El tiempo era pesado y se avecinaba un pampero de los entonces llamados "sucios", que llevan viento, granizo y lluvia. Ante esa perspectiva, el doctor Sayús le ordenó al encargado que se apurara la esquila, para terminarla antes de la tormenta. La orden fue cumplida y entonces se pensó en gratificar el exitoso esfuerzo realizado por toda esa gente, hombres, mujeres y niños. Se les ofreció una vaca, que ellos rechazaron, pidiendo en su lugar una yegua, la que les fue entregada. En cuanto tomaron posesión de ella, sin voltearla siquiera, la apuñalaron por todos lados, sorbiendo la sangre caliente que salía de las heridas. Después, la yegua fue carneada, siendo el bocado preferido el hígado y los pulmones.


Otra anécdota tiene que ver con el monte de "La Máxima". Una noche de invierno, alrededor de las cuatro de la madrugada se oyó en la casona un gran ruido de caballos y sables, como si entrara al monte un regimiento de caballería. Después se oyeron fuertes golpes en las persianas y una voz militar que imperiosamente pedía u ordenaba que las abrieran. La señora de Sayús se levantó de la cama preguntando qué pasaba y la voz contestó: "Queremos revisar el monte porque ha habido una gran evasión de presos de la cárcel de Sierra Chica". La inspección fue autorizada y posteriormente la partida se retiró. No obstante, durante un tiempo los habitantes de "La Máxima" vivieron con el temor de que algún convicto aún estuviese oculto en la gran arboleda del campo.”


APELLIDOS, TAMBOS Y MAS DESCRIPCIONES

Carro para repartir leche de la familia Sayús
El monte siempre fue visitado por la gente de la ciudad, por ser un sitio amplio, fresco y poco habitado. Ese monte, por su lado norte, terminaba como a doscientos de lo que hoy es el cruce Pellegrini y Ruta 226. Allí existía una casa ocupada por el encargado, un italiano llamado Luis Marinángelo, quien vivía con toda su familia.. Junto a su casa había un gran galpón donde se guardaban todas las máquinas de labranza y era también un taller. Por un camino oblicuo, en dirección al casco del campo, había otro galpón donde se guardaba el "breack” antes mencionado y otro carro más chico y liviano. En el mismo edificio había un sector donde se almacenaba avena para los caballos.

Había dos tanques australianos: uno cerca de lo de Marinángelo y otro en el monte. Está último estaba provisto por el agua que salía de una noria tirada por una muía; luego se instaló allí un molino Agar Cross.

A unos trescientos metros del edificio principal y en dirección Sud Oeste, había una casa donde vivían dos primos italianos de apellido Bedini, con sus respectivas mujeres e hijos. Ambos eran quinteros y verduleros a la vez, ya que la familia Sayús les permitía vivir allí todo el año con la única condición de proveer a la casa de verduras, entre ellas espléndidos melones y zapallos durante la temporada de verano. Ellos por su parte, en sus respectivos (jarros, vendían su producción en la ciudad de Olavarría. No se les cobraba arrendamiento  alguno, pero también debían cuidar la integridad del monte en esa zona.

 Hacia el Sud Este del casco había unos corrales y un galpón correspondientes al tambo grande. El galpón tenía un sector dedicado a enfriar la leche recién ordeñada y desnatarla en una máquina Alfa Laval. Esa grasa butirométrica era vendida diariamente a una fábrica llamada "La Scandia", cerca de las vías y donde se fabricaba manteca para exportación. El tambo estaba a la intemperie, iluminado por un "sol de noche" colocado en la parte superior de un mástil. Se iniciaba la labor a la una de la mañana y se extendía hasta las siete. Nunca se suspendía, ni siquiera por lluvia. Trabajo muy duro, especialmente en invierno.


Existía otro tambo en lo que se denominaba "el fondo del campo", o sea una legua hacia las Sierras Bayas con respecto al tambo grande. Del tambo del "fondo", a cargo de un señor Pacheco, se traía la leche al tambo principal, donde se contaba su cantidad para saber lo que le correspondía a este señor. Luego se filtraba y desnataba para su venta. Al tambo chico fue a parar en determinado momento uno de esos viejos carretones que tenían grandes ruedas atrás, similares a los que se veían en las playas de la estación de trenes de Olavarría, los que eran tirados por doce o quince caballos.

A Marinángelo lo sucedieron como encargados primero un señor Bonaldo, y luego un tal Ford. Entonces ocuparon la tarea de ordeñadores y peones unos hermanos de origen vasco de apellido Zuloaga. El padre de ellos casi no hablaba castellano y cuando se le preguntaba como estaba la hacienda, decía tres frases: "Vacas flacas", "Poco pasto", "Poca leche".

LA FAMILIA DE ALFREDO SAYÚS

Antigüos jardines y canteros de "La Máxima"
“El doctor Alfredo Sayús tuvo seis hijos. Los dos mayores eran varones: Alfredo y Arturo José. Después los siguieron cuatro mujeres: María Adela, Sarah Amalia, Martina y Juliana María Esther (casada con el doctor y magistrado Juan José Britos, padres a su vez de Juan José, que ha referido todas estas historias de "La Máxima")
Gran parte de la parentela veraneaba en "La Máxima" y además cosecharon amistades en la ciudad de Olavarría.”



Final de este relato valiosísimo, por tratarse de un testigo de primera mano que supo pasar mucho tiempo en el sitio que nos atañe.
Solo resta indicar para terminar este capítulo, que el campo se fue desmantelando en chacras en 1970. En Olavarría, el gobierno que por ese entonces conducía Enrique Alfieri, compró dos chacras para establecer el Parque Industrial de Olavarría (P.I.O), de la que solo una fue usada para ese fin. La otra, la conocida por “El monte Sayús”, finalmente se transformaría en un Parque y Zoológico por iniciativa de una Comisión de ciudadanos. Pero esto lo dejamos para la tercera y última entrega.



viernes, 16 de diciembre de 2011

HISTORIA DE “LA MÁXIMA” (1)


SEMBLANZA DEL PRIMER DUEÑO
Por Walter Minor
Mail: walterhistorias@gmail.com

"La Máxima" hoy: foto tomada por  Sandra Botasi
Para poder relatar una historia siempre se necesita buscar el mejor comienzo. Encontrar el primer elemento, el antecedente más lejano.

En este caso puntual, los datos a desenmarañar tienen una cierta complejidad que nacen en la falta de documentación de aquellos años iniciales en  Olavarría. Esto sin dejar de lado que después de tener 12 años de vida fundacional, recién dejó de depender de las determinaciones tomadas en Azul al formar su propia Corporación Municipal en 1879. Así llegamos a la conclusión de que tenemos un tremendo hueco de leyes e historia perdida o guardada en otra localidad.

En este contexto de carencias me embarque en la la idea de buscar quién había sido el primer dueño de las chacras que hoy ocupan “la Máxima” y el P.I.O. y de que forma había adquirido esas tierras. Por suerte tropezé rápidamente con un par de datos que me llevaron hacia otros y lo que iba a ser un tema para tratar dentro de una sola nota, se transformó en dos y quizá tres partes.
La primera de ellas para hablar del primer propietario de ese sector, a quién mucho se lo ha mencionado, pero de quién se sabe muy poco. El español Guisasola.

AGAPITO GUISASOLA

Agapito Guisasola en su etapa municipal
Nació en Bilbao, España en 1847. Llegado a la Argentina en 1867. Muy pronto se radicó en Azul, y en esa localidad continuó hasta 1871.

Ese año se traslada  a la incipiente Olavarría, donde  ni bien arribado construyó su casa en la zona de Pueblo Nuevo, a pocos metros del Fortín de tierra que debió llamarse  Tapalqué en 1855 y que luego de sendas derrotas de las fuerzas militares ante los nativos quedara abandonado.
Mitrista hasta la médula, participó de la revolución de 1874 que le costó la vida al cacique Cipriano Catriel. En los años posteriores fue uno de los pocos habitantes que no emigró de Olavarría, a pesar de la constante amenaza de malones.

En 1879, cuando el peligro había pasado, queda establecida la Corporación Municipal que manejaría las decisiones que hasta ese momento dependían de Azul y entra a formar parte activa de las autoridades del pueblo.

A pesar de haberlo conocido  muy vagamente, la figura de Alvaro Barros, no le resultaba simpática a Guisasola,  llegando a declarar que el fundador de Olavarría había hecho muy poco por el adelanto de la localidad y que los verdaderos fundadores habían sido los  pobladores que vinieron luego, dentro de las cuales, lógicamente se encontraba él.

Sabido es que Barros (que estuvo en Olavarría hasta 1869), era un hombre rígido que denunciaba constantemente la  corrupción en la frontera y esta actitud  le costó el cargo ante las influencias que se movieron desde Azul para desafectarlo.  Vale la pena preguntarse entonces:
¿Qué más esperaba Guisasola de un Alvaro Barros que demarcó el pueblo un año antes de su fundación, entregó lotes, reclamó por el sueldo de los soldados, denunció con nombres y apellidos y sembró con herramientas primitivas y sin ayuda del gobierno con la intención de atraer capitales?...

Como dijimos anteriormente, el español emigró  hacia la Argentina en 1867, afincándose aquí recién en 1871.  Para ese entonces, Alvaro Barros hacía dos años que no estaba en Olavarría, lo que deja a las claras que sólo lo conoció durante un año y medio de forma esporádica en algún cruce desde Azul a Olavarría. Si lo trató tan poco,  ¿Qué era lo que a Guisasola no le caía bien de una persona de actitudes limpias y frontales como Alvaro Barros?.

Mas adelante tal vez tengamos la respuesta, pero por ahora digamos que Guisasola permaneció en Olavarría hasta 1888, año en el cual se trasladó a Buenos Aires dónde fallecería el martes 7 de agosto de 1928 a los 81 años.

A su muerte, el diario EL POPULAR decía en uno de sus párrafos:
”Desinteresado, como rasgo sobresaliente de su carácter, jamás pensó en sí mismo ni en su enriquecimiento, ni en su comodidad, sacrificándolo todo a favor del país y de sus convecinos, y así lo demostró cuando colaboró en la aplicación de las nuevas leyes colonizadoras que por entonces se dictaron”.

 ¡Amigos!!!... Las cosas que se dicen cuando alguien muere. Si Agapito Guisasola  no era interesado, yo soy cura sanador.

Mitre: La figura política de Guisasola
Lo real es que ya en 1880 aparece nuestro personaje en todo su esplendor y en un corto período de ocho años ocupa casi todos los cargos Municipales. Comisionado de Tierras, Juez de Paz, tesorero, medidor municipal, comisionado de colonias, presidente de la corporación y varias cosas más.

También fue  procurador del Ferro Carril del Sud cuando este extendió la línea hasta Bahía Blanca entre 1880 y 1883, y según decía El Popular, “fue desde ese cargo un gestor desinteresado del progreso de la zona, en la adquisición de campos para estaciones y recorridos”.

Si se observa bien, a excepción de Juez de Paz, Tesorero y Presidente de la Corporación, el resto de los lugares que ocupó Guisasola fueron referentes a la entrega de tierras y desde allí desarrolla varias acciones poco claras, algunas de las cuáles todavía perjudican a parte de los  habitantes actuales

En todos los puestos dejó su impronta. Al abandonar el cargo de agrimensor se negó a suministrarle las mediciones al sucesor e incluso cuando este se las reclamó fue insultado por Don Agapito, quien luego de ser intimado por la Corporación, supuestamente entregó parte de esas mediciones. Digo supuestamente porque no lo encontré escrito.

Otro hecho llamativo sucedió cuando fue reemplazado en su función de tesorero Municipal. Según los libros, figuraba una cifra perteneciente al municipio en la tesorería, pero cuando el nuevo encargado de las finanzas abrió la caja fuerte se llevó la gran sorpresa de que no había ni un billete.

Otra vez Guisasola intimado a devolver lo que no era de él y de nuevo habrá que suponer que se desprendió de  lo que no le pertenecía, porque siguió actuando en diversos puestos municipales luego.

Extraño fue lo que ocurrió con la franja de tierra que corre paralela al arroyo. Según la Corporación Municipal, ese espacio se guardaba como reserva y no se podía vender bajo ninguna circunstancia Sin embargo, Guisasola solicita dicha lonja (en la que hoy está el Club Estudiantes) y ¡Oh sorpresa!!!, la Corporación se lo concede  ya que Don Agapito lo ocupaba desde 1872 con caballos de su propiedad “y no vemos el motivo para negárselo” (¿???).

Lo raro es que ese terreno “no comercializable”, Guisasola no solo no lo puebla, sino que al poco tiempo se lo vende a Carlos Guerrero en una actitud equivalente a la de  un testaferro.
Hoy esa acción implica que si este sitio mal habido dejara de pertenecer al Club Estudiantes, las tierras volverían a poder de los herederos del "donante" Carlos  Guerrero.

También se desempeñó como rematador de tierras, y subdividió en  las zonas de Nievas las parcelas para los Colonos que allí se asentaron (El Popular de el 7 de mayo de 1970 dice que  lo hizo junto a José Guazzone). El resultando fue que solo le fueron entregados a los colonos los boletos de compra y venta, quedando para mas adelante las  respectivas escrituras que le hacían acreedores a esos lotes. Hasta el día de hoy es un misterio que pasó con aquellas escrituras.

En 1911, El Intendente Isaías Mendiburu  hizo confeccionar un digesto municipal que en las últimas hojas destaca el faltante de documentos inherentes a varias  ventas de Chacras.

En fin. Largo sería enumerar los negocios con falta de claridad en los que intervino don Agapito y que están documentados, incluso en los libros oficiales, de puño y letra de los secretariosMunicipales.


PRIMER PROPIETARIO DE “LA MÁXIMA”

Parte de la casa construída por Guisasola
Al no poder encontrar en el parque los antecedentes históricos anteriores a la ocupación del lugar por parte de la familia Sayús, empecé a investigar la compra de chacras desde el siglo 19, para resolver documentadamente quién había sido el poseedor de esa numeración.
Admito que sabía que se trataba de Agapito Guisasola, me faltaba certificar si este había sido el primero en ocupar ese espacio o la adquirió a un tercero.

Las chacras de las que se componía el famoso “Monte Sayús”, eran la  574, 575, 606 y 607. Hoy todavía conservan esa numeración (otras cambiaron).

El trabajo de encontrarlas no lo imaginaba muy difícil, pero la duda surgía de como conseguir un hilo conductor para poder desarrollar el tema. Por suerte en una sesión del Concejo Deliberante del 16 de julio de 1888 apareció este texto:

“ reunidos el Sr Presidente y Municipales al margen designados en el Salón de Sesiones siendo las tres p.m. se declaró abierta la sesión, leída y aprobada que fue el acta de la sesión anterior se dio lectura del informe de la Comisión de Tierras en los siguientes expedientes, remitidos a informe por el Ministerio de Obras Publicas. 

Agapito Guisasola sobre escrituracion de las chacras Nº 620 y 652, id José Manson Nº 416 y 439. Id Luisa Molina de Paris 552 y 584. Lauriano Bonorin Nº 625, 655, 656 y 657. Martin Coronel id 232, 233, 205 y 206. Francisco Navarro Nº 381 y 382. Santos Juarez de Vasquez Nº 228 y 255. Juan Palacios. Y se acordó se eleven al Superior Gobierno con lo informado por dicha Comision. 

El Sr Presidente dijo que no obstante manifestar la Comisión de Tierra en el informe expedido en el expediente que sigue Don Agapito Guisasola sobre compra de chacras 620 y 652 como poblador con arreglo a la ley de 1877 que acaba de leerse, en el plano catastral levantado por el referido Sr Guisasola en el año 1884, por orden de esta municipalidad dichas chacras aparecen como valdías y que dicho plano debe considerarse como oficial cree que la municipalidad tiene el deber de hacerle presente al Superior Gobierno que ya le han sido escrituradas por  él al Sr Guisasola seis chacras como poblador con arreglo a la Ley de Colonia de 1877 como se comprueba por el mismo plano catastral levantado por el Sr Guisasola, por cuyo trabajo la Municipalidad le abonó quinientos pesos m/n donde figuran escriturados a su nombre las chacras Nº 425, 448, 543 y 573 y a nombre de Doña Mónica B de Guisasola esposa de aquel las chacras Nº 574 y 606, que de lo contrario se podria sorprender al Gobierno y este sin ese dato mandar escriturar las chacras que pretende, tanto mas desde que la ley de 1877 da derecho como máximo a cuatro chacras y el Sr Guisasola como deja expreso esto se ha hecho escriturar seis. Resolviéndose que al remitir este expediente lo haga así constar el Sr Presidente.”

Tuve mucha suerte en que se explayaran, ya que en las ventas de tierras eran bastante común colocar solo el lote vendido y el propietario, sin más detalle que ese.

Con este antecedente en la mano, pude comprobar que entre las chacras compradas mediante la ley de tierras de 1877 (baratas y a pagar en varios años), figuran a nombre de la esposa de Guisasola las número 574 y 606, mientras que a nombre de don Agapito no hay ninguna de las que luego pertenecieron a Sayús y posteriormente al municipio.

Nuestro prócer  fue impedido de quedarse con dos chacras por fuera de la ley al ser  enganchado por su propio anzuelo. El plano de propiedades que él mismo había confeccionado fue el que sirvió para negárselas.

¿Pero que pasaba con las chacras número 675 y 607?....

Resulta que por esa ley de tierras Guisasola solo pudo tener 6, pero no era ese todo su peculio. A las propiedades que poseía en la ciudad ( algunas alquiladas al municipio mismo), Agapito, en solo ocho años, le adosó 26 chacras del partido (23 a su nombre y 3 al de su señora).

Cuando apareció el libro “Memoria de  Obras Públicas del Gobernador Manuel B. Gonnet - 1888”, el minucioso trabajo que detallaba  a los propietarios de chacras en 1887 hizo salir a la luz que algunos sitios ocupados por otros apellidos, figuraban como propiedad de Don Agapito Guisasola.

Las Chacras que poseía el matrimonio Guisasola en 1887 tenían los números: 181, 270, 290, 292, 308, 425, 448, 517, 543, 575, 607,608, 616, 617, 672, 690, 704, 828, 828, 1190, 1200, 1201, 1211 (= Agapito 23), 291, 574, 606 (= 3 Mónica Bilbao de Gisasola). Total: 26 chacras.

Luego de que le negaran la compra de las numeradas como 620 y 652, Guisasola habrá notado que ya no era negocio seguir en Olavarría y vende todas sus propiedades, para retirarse a vivir plácidamente en la Capital Federal (1888).
Don Agapito durante sus años en Buenos Aires
Un par de años antes de su muerte supo enviar notas desde Buenos Aires donde revivía con cierto egocentrismo el  pasado pionero en nuestro partido.  Lamentablemente, su accionar documentado nos plantea serias dudas sobre las  cualidades que resaltaba  tras su muerte el diario de 1928:

“Desinteresado, como rasgo sobresaliente de su carácter, jamás pensó en sí mismo ni en su enriquecimiento, ni en su comodidad, sacrificándolo todo a favor del país y de sus convecinos"

Desde 16 de noviembre de 1932,  una calle de nuestra ciudad lleva el nombre de  quién actuó en la Corporación Municipal durante los primeros años; Agapito Gisasola. El primer dueño de las tierras dónde hoy se asientan  “La Máxima” y el P.I.O.


Final para esta primera parte que tendrá continuidad en la familia de Alfredo Sayús como propietario. Otra gente y otra historia con la marca de un nombre que sobrevive a sus dueños: “LA MÁXIMA”

sábado, 10 de diciembre de 2011

SIERRAS BAYAS


 PEQUEÑAS HISTORIAS NOVEDOSAS

Mail:  walterhistorias@gmail.com

1927: Vista aérea de la cementera San Martín
 Siguiendo con el desarrollo de nuestras historias olavarrienses, vamos a trepar hasta la cima de la localidad más pintoresca del partido: Sierras Bayas.

Personalmente, ese sitio me resulta grato, simpático y atractivo. Allí viven personas que aman el lugar y lo defienden. Allí la gente se junta, reclama, pide o ejecuta lo que sea más beneficioso para ellos. En pocas palabras: Son muy unidos y luchadores. Son auténticos y bastante diferentes al resto de Olavarría.

Paradójicamente, a pesar de ser una zona potencialmente turística y que aporta muchísimo a la economía lugareña, siempre a sido marginada por los gobiernos municipales y no recibe en obras ni la milésima parte de lo que genera.Son casi autónomos.

No coincido en que tenga más de 100 años COMO PUEBLO, ya que poseía una fecha fundacional que databa 1911 (1879 fue la mensura de la reserva fiscal, sin delineación de pueblo).
No se cuál será el motivo para forzar a una población a que sea centenaria. Tal vez creer que no se va a vivir lo suficiente para festejar el acontecimiento o la intención de una Comisión de perpetuar su nombre en una plaqueta. Nose, no lo entiendo).

Eso mismo ocurrió con Loma Negra, llamada así por el nombre de la fábrica de cemento fundada en 1926. Aquí se buscó una partida de nacimiento de 1903 para justificar 100 años en 2003, sin tener en cuenta que en aquel tiempo eso era una estancia arrendada en fracciones por Luciano Fortabat (fallecido en 1924) y que se llamaba (globalmente), San Jacinto. Era una propiedad privada y Loma Negra población, no existía en 1903, porque no existía la empresa que le dio nombre y vida.

Si usaríamos los criterios manejados para aumentarle la edad a estos lugares, tendríamos que Olavarría se fundó en 1866, cuando Alvaro Barros hizo una marcación provisoria  y Blanca Chica en 1828 al intalarse el fuerte, antes de fundarse Olavarría. Después seguiríamos con las demás localidades hasta reformar todo y desconocer los viejos documentos de ley. Entonces cada fortín que tuvo cuatro soldados en un paraje debería ser considerado embrión poblacional (Olavarría tuvo como 20), o cada puesto de campo con una familia también.Un disparate.

Dar este punto de vista me expone a que alguien se enoje malinterpretándolo como un ataque, cosa que está muy alejada de la pretensión real. Es solo una reflexión basada en documentos y que vale la pena mostrar para que cada uno investigue más, piense por si mismo y saque sus propias conclusiones.
Para mi, Sierras Bayas tiene hoy 100 años (Por ley “abolida”) y Loma Negra 85 (Nacimiento de la Empresa).

Volviendo a nuestro tema que son las pequeñas historias de Sierras Bayas, digamos que su linda gente ha escrito dos libros muy interesantes y bien documentados. El primero de ellos es “Radiografía de Sierras Bayas”, realizado (en máquina de escribir) en 1979 por una Comisión que pide disculpas por la carencia de documentación, pero que me pareció excelente. El otro es también muy interesante y lleva el nombre de“Sierras Bayas mas de un Siglo” confeccionado por las tenaces escritoras lugareñas Olga Zito y Virginia Coumeig.

Hablar por primera vez de un sitio al cual nunca se describió demasiado, es al extremo difícil. Por esa razón, generalmente quedan algunos detalles pendientes de revisión o faltan datos que en su momento no se pudieron conseguir por diferentes motivos. Pero el inmenso valor que tienen estos escritos es el legado de una base testimonial sobre la que se pueda trabajar a futuro. Por eso los dos libros son invalorables y de consulta obligada.

Desde aquí vamos a tratar de ayudar en lo que se pueda, corrigiendo algunos detalles  y aportando nuevas informaciones a través del relato de una mujer nacida en los albores de Sierras Bayas y que se llamó María Rosa Ginocchio. Industrial, docente y pionera.


SIERRAS BAYAS EN DATOS DE PRIMERA MANO

A mediados del siglo XX, María Rosa, hija de Juan Ginocchio y María Litra Ginocchio, fue requerida para dejar plasmados los recuerdos  sobre la incipiente Sierras Bayas.

Nacida en ese cordón serrano, el 29 de diciembre de 1892, María Rosa fue una de los ocho hermanos del matrimonio Ginocchio. Sus padres, que fueron de los primeros pobladores del lugar fallecieron en 1910 (Juan) y 1932 (María Litra), res­pectivamente.


PRIMERA MAESTRA NATIVA DE SIERRAS BAYAS


Para empezar aportando cosas nuevas, digamos que María Rosa Ginocchio fue la primera docente nativa del lugar, que la vieja escuela 14 tenía otra ubicación puntual y que los primeros maestros fueron de ambos sexos. Pero vamos a dejar que eso lo desarrolle María Rosa:

“Primeramente concurrí a la escuela número 14, ubicada entonces donde hoy está el Parque Infantil Domingo Faustino Sar­miento. Luego de llegar al máximo de la enseñanza primaria local continué estudian­do en Azul y posteriormente en Buenos Aires. Tengo la enor­me satisfacción de haber sido la primera maestra hija de es­te pueblo que enseñó en la misma escuela donde apren­diera mis primeras letras.

Me desempeñé como docente du­rante los años 1913 y 1914, pero luego renuncié para co­laborar con mi madre en la industria, pues, a la muerte de papá había quedado sola al frente del establecimiento. Lue­go cuando también mamá emprendió el viaje eterno, los cuatro  hermanos,   nos   hicimos cargo de la industria de cal y  piedra así como de "la explotación rural.      

Mi primer maestro fue don Arturo Mínguez y luego las señoritas María Chavas y Batistína  Joursain. En cuanto a mis compañeros, tengo presentes a varios, pe­ro los que más apreciaba eran Hilaria Coumeig, Aurora y Carolina Barbini y María Balbiani”.

“Además de don Arturo Minguez y de las señoritas María Chavas  y Batistina Joursain que ya nombré, recuerdo a unos educadores de apellido Mogica”.



DIFICULTADES  DE LOS INDUSTRIALES PIONEROS


María L. Ginocchio (centro) 1º mujer Industrial del pueblo
“Los primeros industriales caleros fueron Spinetto y Ginocchio, Gracioso Piatti, Juan Ginocchio, Ismael Bonetti, Alfonso Aust, Guillermo Enaik, Ambrossio Colombo y J. Albertelli, que tenía una cantera de caliza conocida por “Cal del Azul”, absorbida por consumos en la capital”.

 “Sierras Bayas era, a fines del siglo pasado una aldea ocupada por unos pocos esforzados extranjeros, casi todos italianos, con modestas vivien­das muy diseminadas y con las comodidades apenas indis­pensables”.

Y en esas palabras de María Rosa está expuesto claramente de que a fines del siglo 19, Sierras Bayas ni se parecía a un  pueblo, sino que era una reserva fiscal con casitas precarias que los arrendatarios colocaban provisoriamente en su zona de trabajo. 

Los terrenos estaban demarcados para la explotación minera y arrendados  por seis años. ¿Quién se animaría a fijar una gran casa cuando existía la posibilidad de perderla?. No habia posibilidad de propiedad definitiva.
Para poner un ejemplo: cinco linyeras viviendo en distintos vagones de tren no son  un pueblo, es gente ocupando un sitio temporario. Y parecido a esto fue lo que sucedió en los primeros tiempos donde la explotación minera no era muy rentable y por lo tanto incierta su estabilidad. 
 A estos emprendedores les faltaba un elemento para despegar.El tren


“El pueblo comenzó a hacerse más importante cuando a la extracción de la piedra se  unió la industriali­zación de la misma en la fa­bricación de cal. Los inconve­nientes del transporte eran crecidos: el material había que transportarlo en carros hasta Hinojo, que era la esta­ción de ferrocarril más próxi­ma. Esa era una tarea agobiadora pues la marcha se hacía lenta y era necesario cui­dar el camino para que siem­pre estuviera más o menos en buen estado. Cuando en 1907 llegó a Sierras Bayas el ra­mal   ferroviario,   entonces      se disfrutó   de  cierto  alivio  y  comodidad”.  

Sierras Bayas empezaba a tomar empuje y aunque los costos del flete tranviario eran muy altos, la ventaja estaba en que ya se podía llegar fácilmente hacia y desde otras localidades con el “caballo de hierro”. Esta circunstancia decidió que muchos comenzaran a ver con buenos ojos la idea de establecerse, instalar un negocio o trabajar en las canteras.
Así  tenemos que con el anuncio del nuevo transporte comenzaron a establecerse los primeros negocios y aquí si podría decirse que empieza a ser un pueblo.

“Al principio todos nos surtíamos en las casas de comercio de Hinojo, pero más tarde, en 1906, se instalaron en esta las carnicerías de Mulle y Debeza, la panadería de Ernesto Bazet, el almacén de Francisco Freige y otros que paulatinamente han ido evolucionando”.

MEDICOS Y ATENCION MEDICA

Andres S. Biaggi: 1º médico nativo
Un dato que da la pauta de la gran dependencia que se tuvo de Hinojo en un principio es la parte médica.
Mediante el relato de María Rosa Ginocchio inmortalizados en un papel, aparecen datos novedosos de la vida sierrabayanse. Así sabemos que un señor de apellido Granatta fue el primer médico que atendió en Sierras Bayas y se extrae del olvido al doctor Héctor Monié, quién fue realmente el primer galeno establecido allí en 1918, antes de Andrés Biaggi, considerado como tal.
Biaggi fue el segundo facultativo afincado y el primero nativo de Sieras Bayas.

“Quiero hablar de la forma en como se desarrollaba la asistencia médica en aquel entonces. Casi todos estábamos asociados a la Sociedad de Socorros Mutuos “XX de Septiembre” de Hinojo, entidad que enviaba periódicamente al doctor Granatta, para atender a los socios y familiares; después venía, en la misma forma, el doctor Olivieri, de Olavarría, sirviendo de consultorio de emergencia la casa habitada por la familia Loggioratto, hoy demolida.

En caso de gravedad había que trasladarse a Olavarría o a Azul y alojarse en algún hotel para tener médico todos los días. El primer médico que se radicó aquí fue el doctor Héctor Monié en 1918 y al poco tiempo el doctor Andrés S. Biaggi, nuestro hermano político, que falleció, sucediéndole el doctor Adolfo Pintos, de Azul y luego los doctores Carlos Lanardonne y Moschini”.



UNA COOPERATIVA DE OBREROS

“Existió en Sierras Bayas una cooperativa de consumo cons­tituida por los obreros, pero que sucumbió tías una pro­longada huelga. Estaban al frente de esa cooperativa los teneres Luis y Juan Veyrand, Martín Rossi y Evaristo- Tonelli”



PRIMER MUSICO Y BANDA MUSICAL

“Allá por el año 1908 el señor Vicente Genovesi formó una banda de música que él mismo dirigió. Enseñó a mu­chos obreros el arte musical y pudo reunir un conjunto de varios ejecutantes. La banda ponía una nota alegre; los do­mingos reunía a mucha gente, con sus marchas militares y otras piezas bailables. Tam­bién en las fiestas patrias se hacían actos populares de los que participaba toda la pobla­ción, como una sola familia, haciendo derroche de anima­ción y alegría. Al enfermar el director de esta banda, la misma quedó disuelta. Más o menos por él año 1909 “



LA IGLESIA QUE NO FUE

Aquel grupo de personas laboriosas necesitaban un templo de fe y quisieron tenerlo prontamente. Se esforzaron por conseguirlo pero diversos inconvenientes hicieron que todo se pospusiera hasta muchos años después. Hasta 1938.

1930 Calle principal y la  cantera Campagnale
Lo interesante del relato de María Rosa es que deja ver que no era demasiado lucrativo ser industrial de la piedra en aquellos tiempos, porque aún tratándose de un grupo de personas dedicadas a este oficio muy ligado a la construcción, hubo inconvenientes económicos para concluir la iglesia.
Más allá de que no fue ese el motivo del fracaso edilicio, vale el comentario para comparar la diferencia derentabilidad entre los tiempos pasado y presente.

También inserto en el intento de contar con una iglesia, surge el nombre del primer cura: Eustaquio Alvarez. Era de la Colonia San Miguel y daba misa los domingos en Sierras Bayas, dentro de un galpón

“Recuerdo  como episodio importante para la vida  lugareña los sacrificios que costó hacer una iglesia.

A iniciativa de unos pocos industriales de aquellos tiempos se consti­tuyó   una  comisión     integrada por los señores Gracioso Piatti, Ismael Bonetti, Ángel Sabattini y mi padre, cooperan­do la señoras María B. de Balbiani, Cruz de Genovesi, Alba R. de Bonetti y mi madre. Mientras se realizaban los tra­bajos bajo el asesoramiento del Padre Eustaquio Alvarez, de Colonia San Miguel, se oficia­ba la santa misa en un gal­pón de una vieja calera inac­tiva, hoy de la sucesión Mouriño.

Todos los domingos se hacía el oficio, mientras la obra del templo iba para arriba; pero al llegarse a los muros y cuando era necesario techar, la construcción debió paralizarse por falta de fondos. Sin embargo los incon­venientes no se detuvieron allí: por ese entonces apareció en Sierras Bayas un señor Badessi, que adujo tener la conce­sión del terreno donde se es­taba haciendo la iglesia, y se posesionó de todo, inclusive de la edificación.

Casi simultánea­mente tuvimos que emigrar del galpón donde se estaban realizando los oficios en virtud de que los industriales resol­vieron poner en funcionamien­to los hornos. Ocupamos en­tonces otro galpón de chapas cedido por la Compañía, hasta que por fin pudimos disponer del hermoso edificio que ocu­pa la iglesia de hoy, donado por la Compañía Argentina de Cemento Portland ,San Mar­tín”.


Así llegamos al final de este salpicón histórico, donde ayudados por el testimonio de María Rosa Ginocchio fuimos agregando algunos antecedentes más a esta Sierras Bayas mensurada en forma definitiva por el Ingeniero Rodolfo Moreno en 1913. El prolijo trabajo de división de parcelas y la delineación definitiva del pueblo, le dio un orden de crecimiento que lo transformó (evolución mediante), en el bonito lugar que es hoy.


Algo que me quedó en el tintero y quisiera aclarar. Son varias localidades tienen su historia plasmada en libros. Algunas se hicieron cuando los pueblos desapecieron, como Calera Avellaneda, a través de Maribel García o Cerro Sotuyo en la pluma de Virginia Coumeig.  O el inmenso trabajo sobre Hinojo de Ramón y Guillermo Diorio.
Otras que tienen su historia escrita son Recalde (2 libros), Espigas de Dora Sarazola, un pequeño libro sobre San Miguel, la prehistoria de Blanca Grande de Carlos Paladino y algún apunte que seguramente se me escapa, porque en realidad todo nunca se puede saber o recordar.

Lo que realmente quise destacar fue esa pasión que le pone el sierrabayense a sus cosas, de ser los primeros en tomar iniciativas, en hacer libros, en conservar la menoria y además, algo que me olvidaba: fue la primera localidad en poner en práctica la inquietud de tener su propio museo. Y lo hizo solamente con el esfuerzo de sus habitantes.
Ese ejemplo fue el que impulsó a la creación del resto de los Museos de los pueblos. Esos que hoy son brillantementes conducidos y aumentados por Maribel García, una mujer incansable que siempre se dedicó a mostrar lo nuestro a través del papel, la imágen y la voz.

Hice esta aclaración para no quedar como ingrato con quienes pusieron mucho esfuerzo en este emprendimiento tan difícil que es plasmar toda una vida en un cúmulo de hojas. Si de alguien me olvidé, espero que me disculpen, además de pedirles   que me refresquen la memoria. En alguna oportunidad publicaremos la tapa de todos los libros escritos sobre localidades olavarrienses.