miércoles, 13 de febrero de 2013

JUAN Y SHEYPUQUÍÑ



15 IDIOMAS PARA DECIRLE, TE QUIERO


JUAN BENIGAR: El Cacique Blanco
Walter Minor


A principios del siglo 20, dos realidades diferentes se vivían en Europa y América.
El viejo continente, tecnológicamente más avanzado, había sembrado el germen de la conquista en la nueva tierra a partir de 1492 y ya se caían los últimos focos de resistencia de la raza nativa.

En Croacia, un joven inquieto y muy preparado en varias ramas profesionales, soñaba con un conocimiento más profundo de los orígenes de las culturas y multiplicaba sus esfuerzos para conseguirlo.

Paralelamente, en Argentina, los restos de la tribu de Catriel vagaban por la zona de Río Negro y Neuquén, buscando refugiarse en algun lugar donde pudieran vivir en paz, pues habían sido despojados del que les perteneciera en la zona de Nievas, en Olavarría.

Esta gente no tenía escritura alguna y hasta sus dioses y nombres autóctonos habían sido erradicados mediante la imposición de una religión ajena a ellos.

Vivían en una extrema pobreza y sin posibilidad alguna de mejorar, porque su conquistador así lo había dispuesto, en beneficio de la masa terrateniente y de grandes empresas económicas, como el Ferrocarril del Sud, por ejemplo.

Entre esta gente que deambulaba sin rumbo, hasta establecerse en lo que se llamó Catriel, en 1899, se hallaba una joven sobrina nieta de Cipriano Catriel, conocida como Scheypuquíñ (revoltijo). Ella no tenía más posesiones que su vida y la tribu.

La gran diferencia social entre estos dos modos de vida, podría definirse como antagónico. Por un lado, la comodidad y el éxito asegurado que brindaba un conocimiento profesional variado en Europa, mientras que por el otro, todo tipo de padecimientos y privaciones sin solución.

Cualquiera puede pensar que no hay nada que acerque tanta lejanía. Claro que eso es solo una afirmación que se hace mediante un planteo que prioriza por sobre todas las cosas, una regla social casi discriminatoria, pero aceptada universalmente.
 Lo que hoy vamos compartir, en el día de San Valentín, es esta historia real de Juan y Scheypuquíñ , que muestra que poco importante es esa diferencia, cuando un sentimiento se hace presente…


1908 EN ARGENTINA

POTRERO DE NIEVAS: Tierras quitadas a los Catriel
Desde 1877 vagaban por el desierto en busca de un lugar dónde establecerse, los restos de la tribu de Catriel, que habían sido despojados de la tierra que era de su propiedad en la zona de Nievas, en nuestro Partido de Olavaria. Algunos caciques menores, pocos jóvenes, mujeres, ancianos y niños era la composición de aquellos errantes.

En febrero 1879, un decreto creaba para ellos la Colonia Conesa, en el mismo lugar que estaba situado el fortín del mismo nombre.

Estarían sometidos a la autoridad de Patagones, mientras que el Estado sería el encargado de suministrarles elementos para construir viviendas; semillas y útiles de labranza. También tendrían un sacerdote que viviría con ellos para convertirlos al catolicismo.

En 1880, una tremenda inundación obliga a la tribu a marcharse y se mudan a la margen Sur del río Negro.  Es ahí dónde se hace cargo de la situación la machi Bibiana García, una cautiva, ex esposa de Cipriano Catriel, que era conocida ente ellos como Dughu Tayen (cascada rumorosa).

Esta mujer de espíritu indomable, efectúa constantes viajes a la Capital Federal, hasta que consigue  de Julio Roca un decreto que le concede tierras en 1899. Son ciento veinticinco mil hectáreas de superficie en un lugar que se denominará “Catriel”.

En ese nuevo peregrinaje comandado por “La Reina” Bibiana, como ellos le decían, va una niña llamada Scheypuquíñ (revoltijo), cuyo nombre cristiano es Eufemia Barraza. Se trata de la  sobrina nieta de  Bibiana García y Cipriano Catriel, que junto al resto de la tribu se dispone a habitar la zona conocida como Peñas Blancas. Un sitio que no es muy propicio para la siembra y la ganadería, pero que servirá para detenerse a descansar, luego de más de 20 años errantes.

La vida de esta gente, y del nativo en general, era de una pobreza tan extrema, que un sabio alemán escribió que en un siglo, todos los indios desaparecerían, aquejados por diversas enfermedades provocadas por el modo de vivir de los blancos.


1908 EN CROACIA

Juan Iván Benigar,  hijo de Iván Benigar y Rosa Lukez, ambos Eslovenos, nacia en Zagreb, Croacia el 23 de diciembre de 1883.

Zagreb era por entonces una pequeña ciudad que pertenecía a la monarquía Austro-Húngara y representaba el centro cultural mas importante de Croacia.

El padre, Iván, ejercía la docencia, mientras que su madre era la típica ama de casa que cuidaba la educación de cinco hijos, que serían futuros profesionales.
Juan y Ladislao estudiaron ingeniería, mientras que Sócrates se hizo sacerdote. Juana y Rosa, las dos hermanas mujeres, se volcaron a la docencia.

Pero Juan Iván, quién nos interesa en este momento, además del Bachillerato Humanista  conseguido en 1902 y la Ingeniería Civil que cursó durante cuatro años en Graz y el resto en Praga, mientras cursaba ingeniería aumentaba los conocimientos en medicina y fitología. Fue un gran interesado en el aprendizaje de varias lenguas porque ansiaba conocer los orígenes de las diversas culturas y esto lo arrastró a estudios de antropología, sociología y filosofía.
A los 20 años, ya dominaba 11 idiomas.

Publicó en Croata una gramática búlgara entre los años 1904 y 1905 y además dos artículos sobre su país. Obras juveniles que lo colocaron entre los precursores en estos temas.


UN LIBRO QUE LE CAMBIO LA VIDA

Durante 1908, el libro que había escrito aquel sabio alemán mencionado  anteriormente, llega a las manos de Juan y cuando lee el veredicto contundente que : “en un siglo, todos los indios desaparecerán, aquejados por diversas enfermedades provocadas por el modo de vivir de los blancos”, su conciencia le dictó que debía hacer algo por ellos.

En agosto de 1908 llegó a Buenos Aires y, “casi sin tocarlo” (como el lo expresó), se trasladó hacia el territorio donde se encontraban aquellos indios sobre los que había leído, con el propósito de ayudarlos con sus conocimientos.

Poco más de un año permaneció en Cipolletti, hasta que un día se decidió a marchar de a pie hasta Colonia Catriel, donde lo esperaba otro cambio en su vida.


JUAN Y SHEYPUQUÍÑ

Cuando detuvo sus pasos en Catriel, Juan se encontró con personas muy distintas a lo que él conocía. Predispuestas a un diálogo sincero y con costumbres que llamaron su atención.

El traía en su mochila varios estudios, un gran bagaje de conocimientos y 13 idiomas en su repertorio. Dominaba correctamente sánscrito, griego, latín, croata, esloveno, búlgaro, ruso, checo, eslovaco, alemán, inglés, italiano y francés.

Era 1910 y Benigar conocíó en el sitio Catrielero denominado Peñas Blancas, a Shypukin (revoltijo) y nunca más se fue del lugar.

La sobrina nieta de Cipriano se quedó con el corazón del Croata y pronto se casaron.
De ese matrimonio nacieron 12 hijos. 7 varones y cinco mujeres, cuyos nombres fueron: Ñamcú, Laura (Dhugu Tayén), Marta (Ayerupay), Juan (Llancá), Aníbal, Eufemia (Quinturupáy), Alejandro (Manqué), Elena (Kallvurray), Ambrosio (Millañancú), Feliciano (Huenumanqué), Cipriano (Mariñancú) y María Ceferina (Gumaray).


Shypukin le enseño a Juan la lengua Mapuche. Esto le permitió un contacto más fluido con toda la colonia y  sumar más a su extenso conocimiento. Con el Mapuche y el castellano que ya había aprendido en su paso por Cipolletti, 15 eran los idiomas en que podía expresarse Juan.

A partir de aquel matrimonio, el intelectual europeo encarnó la figura de defensor de la comunidad, a través de escritos, de éxodos o de litigios. Se identificó de tal manera con los mapuches, que llegó a ser conocido como “El Cacique Blanco”

Mediante sus conocimientos sobre hidráulica  logró trazar a pico y pala los primeros canales de riego de Catriel, que hicieron más favorable la agricultura para los nativos.

El mismo confeccionaba, de forma precaria los elementos de medición con gomas y botellas.

Shypukin, mientras tanto, cuidaba de él y de sus hijos, en el rancho de adobe que Juan había edificado. El tiempo era escaso, pero él lo estiraba para poder escribir. Dormía muy poco para poder cumplir con todas las tareas y cada vez que bajaba a Aluminé, era esperado por grupos de personas a los que atendía con amabilidad.

No tenía enemigos, a excepción de ciertos sectores poderosos a los que les hacía notar loserrores con respecto a su comunidad.


EL DIA QUE JUAN LLORÓ

CIPRIANO CATRIEL
Para Juan Benigar no existían las diferencias intelectuales que eran tan notorias a simple vista. Él amaba a Shypukin y a esa familia adoptiva que era toda la comunidad Catrielera.

Conocía a la perfeccion su cultura, las costumbres y cada una de sus rogativas como si fuese un nativo más.

Al nacer su hijo número doce, Shypukin ya no abrió más sus ojos. El tiempo se detuvo para Juan, que ya no la vería nunca más en cada regreso.
El corazón del Croata se partió en pedazos y… para quienes creen que la palabra “indio” es sinónimo de insulto o desprecio, los invito a que lean esto que Juan escribió a la muerte de Shypukin en 1932 :


“i Cómo yerras, mi pobre Azorín, cuando afirmas que el escritor no debe sentir lo que escribe! i Que debe ser una insensible máquina pensadora!

Yo siento lo que escribo. Siento hasta el llanto. Lloro lágrimas dulces de reamargas. Lloro en la añoranza de lo imposible. Lloro en la añoranza del pasado feliz que nunca volverá, nunca jamás. Lloro remembrando a mi pobre compañera de corazón de oro, macizo y puro, que me colmó de su sabiduría de india pobre, de india despreciada. iIndia! ¡India mía!. . .

Lloro, no miento. A través de las lágrimas miro borrosas las letras que escribo. No miento. Mi hija, que en estos momentos me ceba el cimarrón, mi hija a quien termino de leer las palabras arrancadas con sangre de mi corazón, ella es testigo de que no miento. Viajero ignorado, peregrino de estas soledades, pregúntaselo a mi hija cuando la propicia suerte te traiga a mi pobre rancho. Entonces sabrás que no miento.

¡Pobre Azorín! ¡Cómo te engañas a tí mismo! ¿Acaso desmerece mi libro, porque lloro? Puede ser, pero no lo creo. No lo creo.

¡Pero no importa, Sheypukiñ. La "vida es sufrimiento", dijo el más grande de los sabios de los últimos siglos. Si la vida es sufrimiento, sufrimiento sagrado, sufrimiento purificador. El fuego que todo lo purifica. Si así no fuese, no valdría la pena de vivirla.

Ya pasará también este sufrimiento como pasa todo. Volveremos a juntarnos, a unirnos en un abrazo interminable. Primero en el mundo de las sombras, después aquí mismo, en esta Araucanía. Eso será cuando el pueblo de la Araucanía sea uno de los más felices de la tierra. Tú contribuiste a su felicidad ayudándome a mí, para ayudarle. Ambos sufrimos por él, porque por bregar por su felicidad, no pude darte riquezas. Pero con poco te conformabas.

Por eso, en pago, de nuestros sufrimientos, volveremos a nacer aquí. Y yo te enamoraré de nuevo y seremos felices. Tú volverás a tender los pellejos ovejunos sobre el seno benigno de nuestra madre tierra. Ahí dormiremos otra vez juntos, abrazaditos en un amor sin fin. Al apuntar el día y a cualquier hora, volverás tú a cantar tayil tras tayil. Y yo te escucharé con pía devoción porque habré comprendido aún mejor, la lengua de nuestros dioses, los dioses indios.

Sí, otra vez nos juntaremos aquí, en esta patria nuestra, patria -del indio, santificada por tu presencia.
i Qué felices seremos otra vez, Sheypukiñ, india mía!”…..


JUAN DESPUÉS DE SHEYPUKIÑ

El amor de Juan por su esposa indiafue inmenso. Cierta vez inventó una máquina  e instaló una pequeña industria textil. A su empresita le colocó el nombre de Sheypukiñ.

En 1938, Juan Benigar se casó con Rosario Peña, de la comunidad mapuche, en Ruca Choroi, Aluminé, Neuquén. Con ella tuvo cuatro hijos: Pitágoras (Huemullancá), Sócrates (Quintullancá), Leucadia (Millerallén) y Magdalena (Ayarallen).

Rosario falleció en 1949, dos semanas después de dar a luz una niña.
La repetición del hecho provocó en el sabio un abatimiento que lo llevaría a la muerte.

Al sentir que sus días terminaban, Juan Benigar escribió sus deseos. El principal, era su ferviente voluntad de ser enterrado junto a sus dos esposas, “cajón con cajón”

Al día siguiente de anotar esto, el 14 de enero de l950 en la puerta de su rancho, en Poi Pucón, sentado como si estuviera dormido, Juan se hallaba sin vida.

En el gesto distendido, que era casi una sonrisa, se adivinaba el destino final de su viaje.


 “No es el hombre el que vale sino sus obras. Las mías son hasta ahora tan pequeñas que no me creo digno de ver figurar mi nombre en letras de molde, salvo en los escritos donde la honradez me obliga a cargar las responsabilidades que de ellas pudieran surgir.
Para divulgar las vidas humanas, tiempo hay después de la muerte, cuando las eventuales alabanzas no pueden despertar en nosotros apetitos de orden inferior y cuyo asomo en mí, siempre he tratado de sofocar en el germen.” 

Juan Benigar